......Usa protector solar, canta, relájate, recuerda los elogios, olvida los insultos, estírate, toma calcio, cuida tus rodillas, disfruta tu cuerpo, aprovéchalo de todas las formas que puedas, baila......
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30 de mayo de 2013
20 de febrero de 2010
Un beso
A “B. H.”, el relato de su última carta
Nueve años, un mes y dieciséis días después, por el mismo boc@dicto.

Alguna vez en la vida te puedes encontrar con una persona desconocida en cuya piel percibes tu propia energía, con la que puedes conectar a través del lenguaje secreto de las emociones. Nunca hubiera creído que me sucedería con aquella mujer, una fría tarde imprevista en el trabajo.
Me enamoré de ella desde el momento en que sentí su profunda mirada sorprendida fija en mis ojos. Por entonces, sobre todo cuando estaba trabajando en el bar, yo me imaginaba invisible, hasta que descubrí su vista detenida en mí, y supe en ese instante que sería alguien importante en mi vida.
No sé si llegó a serlo, ni siquiera sé por qué quiero escribirlo. Tal vez la narración de aquella tarde libere mis emociones contenidas. Sólo fue una tarde, sólo compartimos un mismo espacio físico durante los treinta y seis minutos de una tarde cualquiera. El tiempo es elástico, sin duda. Puede pasar tan lento o rápido según el ánimo de la persona que lo viva... Yo sentí que se detuvo en aquel momento, y por ello ahora me es tan fácil recordar cada instante desde que ella entró en el bar hasta que se marchó.
Treinta y seis minutos exactos. Sonaba en la radio la señal horaria de las cinco en punto cuando descubrí su mirada mientras venía hacia mí. Y como me miro el reloj bastante a menudo, casi de una forma compulsiva, observé que el minutero estaba en el número treinta seis. Está claro que no lo recordaría si no fuera por una razón que puede resultar algo superficial. Seguía con mucho interés la clasificación del equipo de fútbol de mi ciudad, y ésos eran los puntos que llevaba mi equipo, la revelación en la liga del año pasado.
Meriem, así dijo que se llamaba, transmitía una extraña aflicción en su mirada, una especie de desolación asumida a la que, ahora lo sé, había rendido su destino. Aunque sus gestos eran enérgicos, en todos ellos se podía percibir un meláncolico desinterés, una tristeza indecible en su movimiento. Como el árbol que finge perder su vitalidad durante el otoño, creí que ella en su interior también estaba mudando su ánimo por un cambio de temporada. Y estuve seguro de que no tardaría en florecer. Me equivocaba, claro. Ella era todo raíz, como la tierra de la que venía, Tamanrasset, fuerte, segura, serena, pero no tuvo oportunidad de convertirse en el árbol vigoroso que las señales de su cuerpo presagiaban.
Sucedió de forma casual, si es que la casualidad existe. Me pidió dulce y nerviosa si podía hacer una llamada. Yo sonreí. Normalmente los clientes no usan el teléfono del bar, así que no nos iba a suponer ningún coste. Titubeaba, como si quisiera elegir con cuidado cada palabra que decía, procurando un significado correcto. Supongo que estaba acostumbrada al rechazo de casi todos los demás. No debe ser fácil para una mujer de Argelia integrarse socialmente como cualquier otro ciudadano. Pese a ello su voz era firme, y su expresión, resolutiva.
Llevaba con ella un niño de unos siete años, mostraba su edad en la expresión dulce de las facciones infantiles, pero tenía la mirada profunda de su madre, sus ojos daban hacia dentro al principio de un abismo de aguas tranquilas y oscuras. Ayer volví a verle, casi un año después de aquella tarde, en este mismo bar donde sigo trabajando; entró él solo, y me pidió con la misma dulzura de su madre un vaso de agua. Charlamos menos de cinco minutos en los que me contó con sus palabras las últimas novedades de sus vidas, hasta que desde la puerta un hombre de apariencia mayor y cansada le llamó por su nombre, Mourad, y el pequeño se marchó veloz tras darme las gracias. Noté cómo ese abismo interno ha crecido en tan poco tiempo. Y no me sorprendió.
Aquella tarde, mientras su madre estaba hablando por el teléfono sin que yo pudiera entender una sola palabra, también me pidió un vaso de agua. Ella le miró de una forma severa, pero no pudo intervenir. Le puse también un refresco que él miró divertido, y que no quiso abrir hasta que su madre estuvo a su lado para darle permiso. A ella le dije que les invitaba a lo que quisieran. Y aunque al principio rechazó la propuesta educadamente, cuando se dio cuenta de que yo ya tenía agua puesta a hervir no se negó a tomar una infusión de poleo menta. De todas formas yo todos los días me prepararaba un té para tomármelo a lo largo de la tarde. Todavía lo sigo haciendo.
Nada más echar el agua hirviendo en las tazas comenzó una pausa publicitaria y opté por poner un disco. En el bar no me gusta mucho tener la radio encendida; los clientes, y yo mismo, estamos más relajados sin las interrupciones de publicidad, y preferimos una música instrumental de fondo, que ayuda a crear una atmósfera mucho más íntima y distendida.

Puse un disco de un artista senegalés. Era de lo poco que tenía de música africana. Por entonces yo imaginaba África como un territorio gigantesco con la misma cultura en todas partes. Ni que decir tiene que esa música no tenía nada que ver con la música tradicional de su país. Aunque no por ello dejó de gustarnos. El artista en cuestión había adquirido cierta fama como consecuencia de una película española; un famoso director le había elegido para la canción principal de una de sus películas más célebres.Y es una de las canciones más bonitas que he escuchado nunca. Ahora mismo la estoy escuchando de nuevo para recordar aquella tarde en la que compartimos unos breves minutos, nuestra primera canción, nuestra primera conversación, mi primer amor.
Puede que por los ritmos musicales africanos ella perdiera el miedo sutil con que me hablaba al principio, ganara más confianza y se mostrara mucho más receptiva.
Me estuvo hablando de sus experiencias vitales. Aparentaba mucho más de los veintisiete años que dijo tener, también había vivido muchas más desventuras de las normales para su edad. Su infancia fue dura. En mi opinión, claro. A ella no le parecía nada extraño más allá de su realidad cotidiana. Dijo que en este momento de su vida tal vez pudiera reconocer que pudo haber sido mejor, pero ella siempre se consideró feliz. No le importaba que su hijo, si las circunstancias fueran las mismas, viviera en su ciudad natal tan alegre como lo fue ella.
Pero no quería volver, al menos de momento prefería Almería a Tamanrasset. Allí en los últimos años no se sentía segura, no sólo porque no tuvo suerte con su marido, sino porque estaba creciendo un clima de violencia que les asfixiaba cada vez más. Su hermana había muerto hacía doce años en un atentado en el norte, y los secuestros que tenían lugar en el sur estaban ahuyentando al turismo. Cuando ella era niña recordó que muchos turistas visitaban aquella zona, y les iba bien el negocio artesanal del que vivía su familia. Pero en la época en la que decidió salir de aquella situación, el negocio estaba desapareciendo en la misma medida en que lo hacía la gente. Al parecer ya no bastaba la cercanía de la ciudad a alguno de los lugares más bellos de África, que estuviera en un Oasis, casi al lado a su vez del Oasis de Abalessa, y fuera la entrada a la cadena montañosa más impresionante del Sáhara, cuna de los Touaregs y señores del desierto.
Su embarazo le ayudó a decidirse, su hijo nacería en España. De eso han pasado ya ocho años, siete cuando ella me lo contó, la tarde del invierno de hace un año, primera y última vez que la ví.
Pese a todo, ella sólo parecía feliz cuando hablaba de su tierra. La única razón por la que quería estar aquí era para garantizar que su hijo tuviera más oportunidades. Hablaba el castellano como cualquier otro niño, y crecería como los demás para hacerse un hombre normal. Todo lo que a nosotros nos parece normal era lo que ella deseaba. Y al final parece que lo ha conseguido.
Me comentó que nunca se preocupó por tener su situación legal en regla, y hacía unos días le habían comunicado el inicio de un proceso de repatriación. Tenía pánico a su regreso por la previsible reacción de su marido abandonado. Hasta entonces había sido una dócil hacedora de su voluntad, y la decisión de huir sería imperdonable. Pero asumía su situación resignada, y su única preocupación era el destino de su hijo.

En efecto, unas semanas después fue repatriada. Me lo dejó todo escrito en una carta que escribió algunos días antes de su marcha y que su hijo me entregó ayer, todavía sin abrir pasado un año. A veces es impactante lo que puede cambiar el mundo en lo que se tarda en leer una carta.
Al parecer ella pudo haber sentido hacia mí lo mismo que yo comenzé a sentir por ella. Pero nos complicamos tanto la vida por el miedo de nuestros propios fantasmas, que prefirió alejarse y no volver a entrar en el bar. Cualquier otra decisión no habría hecho más que añadir dificultades a nuestras vidas.
Prometía volver a verme en cuanto regresara a España, en una segunda oportunidad libre y decidida. Todos merecemos una segunda oportunidad, y ella sabría aprovechar la suya.
Tal vez estas palabras sean una especie de respuesta a su carta. Sólo la conocí una tarde, y sin embargo cuando cierro los ojos para pensar en ella me viene su imagen nítida y perfecta.
Aunque a esa imagen añado ahora la huella del dolor presentido.

Recuerdo su pelo negro y furioso, ordenado en pequeñas y sólidas trenzas que le daban una apariencia de animal salvaje pero templado, como una pantera tranquila y soberbia. Los ojos eran castaños y rasgados bajo largas pestañas, con su mirada triste y dulce tan característica, y las cejas finas, algo curvadas, sobre los párpados suavísimos.
Recuerdo los agujeros casi inapreciables en la comisura de sus labios al sonreír, y recuerdo su sonrisa amplia y generosa, hablaba a través de ella. No le importaba dar felicidad aunque no la recibiera. Sonreía con sus ojos y expresaba lo bueno y lo malo con su sonrisa.
Más allá de su físico, que golpeaba mis sentidos de tan bello, me enamoré de su forma de ser, de hablarme, de sonreírme, de estar allí cómoda ante su hijo, sintiendo que nuestras palabras nos reconfortaban.
Ese beso , ese único beso , justifica toda mi vida hasta ahora. Me sentí tan vivo, era la primera vez que me sentía tan unido a mi cuerpo, como si cada centímetro de mi cuerpo hubiera estado creciendo y preparándose sólo para vivir ese beso. Fue un destello físico y emocional, una luz que iluminó mi propia realidad, que me hizo ser consciente de esa realidad física que yo a veces rechazaba, y en la que me sentí a gusto por primera vez en muchos meses.

Gracias a ella aprendí que de repente es posible vivir un sueño. Aunque sólo durara unos segundos y hoy no sea más que el recuerdo, frío ya, de un gesto sempiterno de despedida.
Alcanzamos en nuestro inconsciente el último fulgor de nuestra esperanza casi extinta, y esa luz quedó en mí como una pequeña hoguera en la que todavía hallo calor cuando lo necesito. Es un faro que aleja la oscuridad en noches en que pierdo la esperanza, y me ayuda a mantener el rumbo de mis sueños.
Las emociones que sentí aquella tarde ya se habrán evaporado invisibles, y ahora mis pesadillas son el temor de sus propios miedos, pero aún así, mientras dure mi eternidad, habré sido feliz.
Nueve años, un mes y dieciséis días después, por el mismo boc@dicto.

Alguna vez en la vida te puedes encontrar con una persona desconocida en cuya piel percibes tu propia energía, con la que puedes conectar a través del lenguaje secreto de las emociones. Nunca hubiera creído que me sucedería con aquella mujer, una fría tarde imprevista en el trabajo.
Me enamoré de ella desde el momento en que sentí su profunda mirada sorprendida fija en mis ojos. Por entonces, sobre todo cuando estaba trabajando en el bar, yo me imaginaba invisible, hasta que descubrí su vista detenida en mí, y supe en ese instante que sería alguien importante en mi vida.
No sé si llegó a serlo, ni siquiera sé por qué quiero escribirlo. Tal vez la narración de aquella tarde libere mis emociones contenidas. Sólo fue una tarde, sólo compartimos un mismo espacio físico durante los treinta y seis minutos de una tarde cualquiera. El tiempo es elástico, sin duda. Puede pasar tan lento o rápido según el ánimo de la persona que lo viva... Yo sentí que se detuvo en aquel momento, y por ello ahora me es tan fácil recordar cada instante desde que ella entró en el bar hasta que se marchó.
Treinta y seis minutos exactos. Sonaba en la radio la señal horaria de las cinco en punto cuando descubrí su mirada mientras venía hacia mí. Y como me miro el reloj bastante a menudo, casi de una forma compulsiva, observé que el minutero estaba en el número treinta seis. Está claro que no lo recordaría si no fuera por una razón que puede resultar algo superficial. Seguía con mucho interés la clasificación del equipo de fútbol de mi ciudad, y ésos eran los puntos que llevaba mi equipo, la revelación en la liga del año pasado.Meriem, así dijo que se llamaba, transmitía una extraña aflicción en su mirada, una especie de desolación asumida a la que, ahora lo sé, había rendido su destino. Aunque sus gestos eran enérgicos, en todos ellos se podía percibir un meláncolico desinterés, una tristeza indecible en su movimiento. Como el árbol que finge perder su vitalidad durante el otoño, creí que ella en su interior también estaba mudando su ánimo por un cambio de temporada. Y estuve seguro de que no tardaría en florecer. Me equivocaba, claro. Ella era todo raíz, como la tierra de la que venía, Tamanrasset, fuerte, segura, serena, pero no tuvo oportunidad de convertirse en el árbol vigoroso que las señales de su cuerpo presagiaban.
Sucedió de forma casual, si es que la casualidad existe. Me pidió dulce y nerviosa si podía hacer una llamada. Yo sonreí. Normalmente los clientes no usan el teléfono del bar, así que no nos iba a suponer ningún coste. Titubeaba, como si quisiera elegir con cuidado cada palabra que decía, procurando un significado correcto. Supongo que estaba acostumbrada al rechazo de casi todos los demás. No debe ser fácil para una mujer de Argelia integrarse socialmente como cualquier otro ciudadano. Pese a ello su voz era firme, y su expresión, resolutiva.
Llevaba con ella un niño de unos siete años, mostraba su edad en la expresión dulce de las facciones infantiles, pero tenía la mirada profunda de su madre, sus ojos daban hacia dentro al principio de un abismo de aguas tranquilas y oscuras. Ayer volví a verle, casi un año después de aquella tarde, en este mismo bar donde sigo trabajando; entró él solo, y me pidió con la misma dulzura de su madre un vaso de agua. Charlamos menos de cinco minutos en los que me contó con sus palabras las últimas novedades de sus vidas, hasta que desde la puerta un hombre de apariencia mayor y cansada le llamó por su nombre, Mourad, y el pequeño se marchó veloz tras darme las gracias. Noté cómo ese abismo interno ha crecido en tan poco tiempo. Y no me sorprendió.
Aquella tarde, mientras su madre estaba hablando por el teléfono sin que yo pudiera entender una sola palabra, también me pidió un vaso de agua. Ella le miró de una forma severa, pero no pudo intervenir. Le puse también un refresco que él miró divertido, y que no quiso abrir hasta que su madre estuvo a su lado para darle permiso. A ella le dije que les invitaba a lo que quisieran. Y aunque al principio rechazó la propuesta educadamente, cuando se dio cuenta de que yo ya tenía agua puesta a hervir no se negó a tomar una infusión de poleo menta. De todas formas yo todos los días me prepararaba un té para tomármelo a lo largo de la tarde. Todavía lo sigo haciendo.Nada más echar el agua hirviendo en las tazas comenzó una pausa publicitaria y opté por poner un disco. En el bar no me gusta mucho tener la radio encendida; los clientes, y yo mismo, estamos más relajados sin las interrupciones de publicidad, y preferimos una música instrumental de fondo, que ayuda a crear una atmósfera mucho más íntima y distendida.

Puse un disco de un artista senegalés. Era de lo poco que tenía de música africana. Por entonces yo imaginaba África como un territorio gigantesco con la misma cultura en todas partes. Ni que decir tiene que esa música no tenía nada que ver con la música tradicional de su país. Aunque no por ello dejó de gustarnos. El artista en cuestión había adquirido cierta fama como consecuencia de una película española; un famoso director le había elegido para la canción principal de una de sus películas más célebres.Y es una de las canciones más bonitas que he escuchado nunca. Ahora mismo la estoy escuchando de nuevo para recordar aquella tarde en la que compartimos unos breves minutos, nuestra primera canción, nuestra primera conversación, mi primer amor.
Puede que por los ritmos musicales africanos ella perdiera el miedo sutil con que me hablaba al principio, ganara más confianza y se mostrara mucho más receptiva.
Me estuvo hablando de sus experiencias vitales. Aparentaba mucho más de los veintisiete años que dijo tener, también había vivido muchas más desventuras de las normales para su edad. Su infancia fue dura. En mi opinión, claro. A ella no le parecía nada extraño más allá de su realidad cotidiana. Dijo que en este momento de su vida tal vez pudiera reconocer que pudo haber sido mejor, pero ella siempre se consideró feliz. No le importaba que su hijo, si las circunstancias fueran las mismas, viviera en su ciudad natal tan alegre como lo fue ella.
Pero no quería volver, al menos de momento prefería Almería a Tamanrasset. Allí en los últimos años no se sentía segura, no sólo porque no tuvo suerte con su marido, sino porque estaba creciendo un clima de violencia que les asfixiaba cada vez más. Su hermana había muerto hacía doce años en un atentado en el norte, y los secuestros que tenían lugar en el sur estaban ahuyentando al turismo. Cuando ella era niña recordó que muchos turistas visitaban aquella zona, y les iba bien el negocio artesanal del que vivía su familia. Pero en la época en la que decidió salir de aquella situación, el negocio estaba desapareciendo en la misma medida en que lo hacía la gente. Al parecer ya no bastaba la cercanía de la ciudad a alguno de los lugares más bellos de África, que estuviera en un Oasis, casi al lado a su vez del Oasis de Abalessa, y fuera la entrada a la cadena montañosa más impresionante del Sáhara, cuna de los Touaregs y señores del desierto.
Su embarazo le ayudó a decidirse, su hijo nacería en España. De eso han pasado ya ocho años, siete cuando ella me lo contó, la tarde del invierno de hace un año, primera y última vez que la ví.
Pese a todo, ella sólo parecía feliz cuando hablaba de su tierra. La única razón por la que quería estar aquí era para garantizar que su hijo tuviera más oportunidades. Hablaba el castellano como cualquier otro niño, y crecería como los demás para hacerse un hombre normal. Todo lo que a nosotros nos parece normal era lo que ella deseaba. Y al final parece que lo ha conseguido.
Me comentó que nunca se preocupó por tener su situación legal en regla, y hacía unos días le habían comunicado el inicio de un proceso de repatriación. Tenía pánico a su regreso por la previsible reacción de su marido abandonado. Hasta entonces había sido una dócil hacedora de su voluntad, y la decisión de huir sería imperdonable. Pero asumía su situación resignada, y su única preocupación era el destino de su hijo.

En efecto, unas semanas después fue repatriada. Me lo dejó todo escrito en una carta que escribió algunos días antes de su marcha y que su hijo me entregó ayer, todavía sin abrir pasado un año. A veces es impactante lo que puede cambiar el mundo en lo que se tarda en leer una carta.
Al parecer ella pudo haber sentido hacia mí lo mismo que yo comenzé a sentir por ella. Pero nos complicamos tanto la vida por el miedo de nuestros propios fantasmas, que prefirió alejarse y no volver a entrar en el bar. Cualquier otra decisión no habría hecho más que añadir dificultades a nuestras vidas.
Prometía volver a verme en cuanto regresara a España, en una segunda oportunidad libre y decidida. Todos merecemos una segunda oportunidad, y ella sabría aprovechar la suya.
Tal vez estas palabras sean una especie de respuesta a su carta. Sólo la conocí una tarde, y sin embargo cuando cierro los ojos para pensar en ella me viene su imagen nítida y perfecta.
Aunque a esa imagen añado ahora la huella del dolor presentido.

Recuerdo su pelo negro y furioso, ordenado en pequeñas y sólidas trenzas que le daban una apariencia de animal salvaje pero templado, como una pantera tranquila y soberbia. Los ojos eran castaños y rasgados bajo largas pestañas, con su mirada triste y dulce tan característica, y las cejas finas, algo curvadas, sobre los párpados suavísimos.
Recuerdo los agujeros casi inapreciables en la comisura de sus labios al sonreír, y recuerdo su sonrisa amplia y generosa, hablaba a través de ella. No le importaba dar felicidad aunque no la recibiera. Sonreía con sus ojos y expresaba lo bueno y lo malo con su sonrisa.
Y recuerdo su cuerpo. Un cuerpo lleno de curvas indescifrables exactas para sus movimientos serenos y tranquilos. No quise fijarme demasiado, pero no pude evitarlo, era un imán para mi mirada. Desde los pies, demasiado pequeños para su altura, sólo pude apreciar con claridad los tobillos, salientes y pronunciados bajo sus piernas, y hacia arriba, líneas contorneadas con límites difusos que imaginaban la cintura, la cadera, el perfil de sus pechos, y el cuello redondo con la longitud perimétrica justa a mis manos rodeándolo en un primer y último beso, ¡cuánto sufriría aquel cuello!
Más allá de su físico, que golpeaba mis sentidos de tan bello, me enamoré de su forma de ser, de hablarme, de sonreírme, de estar allí cómoda ante su hijo, sintiendo que nuestras palabras nos reconfortaban.
No nos dijimos nada inapropiado, era una percepción más física, una emoción a través de cada poro de nuestra piel.
Antes de irse, cuando el pequeño se marchó al baño, ambos de pie, no pude evitar besarla. No fue un beso húmedo ni pasional, al contrario, tan sólo la llamada natural de dos cuerpos que se han reconocido más allá del tacto, sólo se juntaron nuestros labios. Mis manos en su cuello sostenían su cara algo levantada hacia mí, y a través de sus labios unimos nuestra energía.
En alguna parte de mi interior sabía que nuestras almas estaban unidas, desde antes de vernos y quizá para siempre.
Ese beso , ese único beso , justifica toda mi vida hasta ahora. Me sentí tan vivo, era la primera vez que me sentía tan unido a mi cuerpo, como si cada centímetro de mi cuerpo hubiera estado creciendo y preparándose sólo para vivir ese beso. Fue un destello físico y emocional, una luz que iluminó mi propia realidad, que me hizo ser consciente de esa realidad física que yo a veces rechazaba, y en la que me sentí a gusto por primera vez en muchos meses.

Yo no estaba pasando por una buena temporada, y es posible que me sintiera más sensible. Pero todavía hoy , mejoradas ya tantas cosas, me alienta y anima el dulce recuerdo de ese beso.
No volví a ver a Meriem ni a saber de ella, hasta que, ayer mismo, entró en el bar el mismo pequeño que iba con ella entonces, y me contó de su muerte estrangulada.
No aceptó un refresco porque su abuelo estaba fuera, en unos tres minutos le sobró tiempo para darme esa noticia, además de la carta que su madre había escrito un año antes.
No volví a ver a Meriem ni a saber de ella, hasta que, ayer mismo, entró en el bar el mismo pequeño que iba con ella entonces, y me contó de su muerte estrangulada.
No aceptó un refresco porque su abuelo estaba fuera, en unos tres minutos le sobró tiempo para darme esa noticia, además de la carta que su madre había escrito un año antes.
Gracias a ella aprendí que de repente es posible vivir un sueño. Aunque sólo durara unos segundos y hoy no sea más que el recuerdo, frío ya, de un gesto sempiterno de despedida.
Alcanzamos en nuestro inconsciente el último fulgor de nuestra esperanza casi extinta, y esa luz quedó en mí como una pequeña hoguera en la que todavía hallo calor cuando lo necesito. Es un faro que aleja la oscuridad en noches en que pierdo la esperanza, y me ayuda a mantener el rumbo de mis sueños.
Las emociones que sentí aquella tarde ya se habrán evaporado invisibles, y ahora mis pesadillas son el temor de sus propios miedos, pero aún así, mientras dure mi eternidad, habré sido feliz.
22 de agosto de 2009
En la cola del Inem

Hago el mismo camino a pie cada mañana desde mi coche hasta la oficina, los mismos pasos cada día, ayer viernes con una pequeña novedad, porque al llegar a la puerta principal no pude entrar de frente, un barrendero había colocado su carro en un hueco existente entre coche y coche y yo tuve que pasar por detrás. No nos gusta mucho pasar entre la gente, algunos llevan un par de horas esperando a que lleguemos, y en el mejor de los casos pasará otra hora más hasta que les atendamos, por ello generalmente no suelen estar de muy buen humor. Lo más práctico es entrar medio distraído, desentenderse y no ser muy efusivo en los saludos. De hecho ya nadie saluda. Casi nadie. Aunque me cuesta todavía no mirar a quien me mira y sostener su mirada en un simple saludo.
- Buenos días. – Me miraba sonriente una chica casi junto a la puerta , lo mínimo era saludar. Imitar lo que hacen los demás es una buena forma de relacionarse.
- Buenos días. No nos conocemos, ¿verdad? – Me preguntó desde su sitio
- No es necesario conocerse para saludarse, ¿no? Al contrario, hay que saludarse para comenzar a conocerse.
- Sólo te lo decía porque me resultas familiar. No sé si es porque me suenas de algo o porque me inspiras confianza. ¿Y yo a ti?
- ¿Quée? – Eran las ocho menos cinco de la mañana, yo tampoco estaba muy despierto. No veía claro si me preguntaba si la conocía de algo o si me inspiraba confianza...
- Que si crees que podrías confiar en mí.
Pensé un segundo. Varios segundos. Demasiados, imagino. Primero conseguí entender la pregunta. Si me dijo que le inspiraba confianza quería saber si ella me inspiraba la misma confianza. Normal, me dije. Hasta ahí bien. Tendría que ser capaz a estas alturas de zanjar una charla típica con expresiones usuales. Pero no sirvo para adaptarme a las frases hechas de los demás. A la pregunta de si confiaba en ella, lo normal habría sido una respuesta rápida y obvia: "Claro que puedo confiar en tí, sin duda". Pero mentiría. Si apenas confío en mí y me conozco de toda la vida, cómo voy a decirle a una persona desconocida que confío en ella. Mientras, sonreía en silencio y seguía sin contestar.
- ¡No me lo puedo creer!, - me dijo, más bien divertida pese a la exclamación - ¿de verdad te lo estás pensando?... Tú mismo...
- No es eso..., - no sé si la interrumpí-, es que si quiero ser sincero no te puedo decir que sí, si quiero ser amable no te puedo decir que no, y para dar más explicaciones no parece el mejor momento.
- Si piensas en ser sincero es que no lo eres. Ya has respondido, no te inspiro confianza. Tú te lo pierdes.
- ¿Pierdo tu confianza? - Respondí o pregungé entre risas, bastante divertido.
- Y la tuya. Está comprobado que nuestra confianza crece cuando se deposita en otros.
- ¿Me estás diciendo que si no confío en ti tu confianza no crecerá?
- Y si lo haces la tuya crecerá también. Estas cosas funcionan mejor cuando son recíprocas. Y cualquier ocasión es buena.Los momentos no se eligen, sólo hay que aprovecharlos.
- Pero entonces, si es verdad que te inspiro confianza, mi propia confianza tendrá que crecer de un momento a otro.
- Verás como sí. Si luego me atiendes tú, a lo mejor me das otra respuesta....
- Buenos días. – Me miraba sonriente una chica casi junto a la puerta , lo mínimo era saludar. Imitar lo que hacen los demás es una buena forma de relacionarse.
- Buenos días. No nos conocemos, ¿verdad? – Me preguntó desde su sitio
- No es necesario conocerse para saludarse, ¿no? Al contrario, hay que saludarse para comenzar a conocerse.
- Sólo te lo decía porque me resultas familiar. No sé si es porque me suenas de algo o porque me inspiras confianza. ¿Y yo a ti?
- ¿Quée? – Eran las ocho menos cinco de la mañana, yo tampoco estaba muy despierto. No veía claro si me preguntaba si la conocía de algo o si me inspiraba confianza...
- Que si crees que podrías confiar en mí.
Pensé un segundo. Varios segundos. Demasiados, imagino. Primero conseguí entender la pregunta. Si me dijo que le inspiraba confianza quería saber si ella me inspiraba la misma confianza. Normal, me dije. Hasta ahí bien. Tendría que ser capaz a estas alturas de zanjar una charla típica con expresiones usuales. Pero no sirvo para adaptarme a las frases hechas de los demás. A la pregunta de si confiaba en ella, lo normal habría sido una respuesta rápida y obvia: "Claro que puedo confiar en tí, sin duda". Pero mentiría. Si apenas confío en mí y me conozco de toda la vida, cómo voy a decirle a una persona desconocida que confío en ella. Mientras, sonreía en silencio y seguía sin contestar.
- ¡No me lo puedo creer!, - me dijo, más bien divertida pese a la exclamación - ¿de verdad te lo estás pensando?... Tú mismo...
- No es eso..., - no sé si la interrumpí-, es que si quiero ser sincero no te puedo decir que sí, si quiero ser amable no te puedo decir que no, y para dar más explicaciones no parece el mejor momento.
- Si piensas en ser sincero es que no lo eres. Ya has respondido, no te inspiro confianza. Tú te lo pierdes.
- ¿Pierdo tu confianza? - Respondí o pregungé entre risas, bastante divertido.
- Y la tuya. Está comprobado que nuestra confianza crece cuando se deposita en otros.
- ¿Me estás diciendo que si no confío en ti tu confianza no crecerá?
- Y si lo haces la tuya crecerá también. Estas cosas funcionan mejor cuando son recíprocas. Y cualquier ocasión es buena.Los momentos no se eligen, sólo hay que aprovecharlos.
- Pero entonces, si es verdad que te inspiro confianza, mi propia confianza tendrá que crecer de un momento a otro.
- Verás como sí. Si luego me atiendes tú, a lo mejor me das otra respuesta....

Y ahí quedó la cosa, salvo un pequeño detalle:
Todo lo escrito hasta ahora es mentira. No entiendo cómo mi compañera de trabajo se tragó esta historia que acabo de escribir. La improvisé mientras se la contaba para intentar ilusionarla un poco. Nada más entrar a trabajar nos pusimos a buscar expedientes a los que les faltaba documentación, los dos encerrados en el Archivo, y ella estaba medio deprimida, cansada de trabajar en un sitio tan feo donde nunca pasaba nada bueno.
- Si al menos una vez pasara algo bonito...
- Pues mira lo que me ha pasado a mí esta mañana, para que veas que hasta en la cola del Inem pueden pasar cosas buenas...
Y así fue como me inventé la charla sobre la confianza, para demostrarle que de vez en cuando suceden cosas imprevistas que nos alegran el día.
Que antes de llegar acabara de escuchar en la cinta del coche “Mi confianza” de Luz Casal seguro que fue determinante para inventarme esa charla. Cuando la oigo siempre vuelvo a las noches de hace algunos años, escuchando Océano Pacífico. Y rememorar aquellos tiempos me hace sentir bien. Estaba casi seguro de que sería un buen día.
No reparé en un pequeño fleco que dejé suelto y en el que no caí hasta que mi amiga me preguntó:
- ¿Y qué número tiene?
Se refería al número con el que la chica inventada iba a ser atendida. Lógico; le había dicho que todo eso había sucedido con una muchacha que esperaba en la cola para entrar. Era normal que pensara en una persona de carne y hueso con un número real, y en la posibilidad de poder verla en unos minutos. A los que tenemos un exceso de imaginación nos basta con la ficción y no precisamos ubicarla en el mundo real para creérnosla. Casi todos los demás necesitan ver para creer. Mi amiga del trabajo forma parte de estos últimos, y necesitaba ver en persona a la protagonista de la historia. Protagonista que no existía más que en mi imaginación. Me había pillado, pero no me podía rendir al primer intento: reconocer que todo había sido una invención para animarla habría sido muy descorazonador.
- El F23, creo.
Afortunadamente a primera hora de la mañana hacemos fotocopias del listado de las citas previas que tenemos para ese día, y colocamos una copia sobre cada mesa. Miré instintivamente ese número porque siempre me hace pensar en una buena amiga, y el f23 era un nombre de mujer. Escuché mi propia voz poco creíble, indeciso, algo nervioso, pero creo que no se me notó. Mi amiga sonrió como hacía tiempo no la había visto, era evidente que estaba a la expectativa. Decir el número fue como materializar la fantasía en el mundo real. Yo también me sentí genial, como un director de cine cuando ve terminada su película; estaba creando en la realidad algo completamente inventado. Me duró poco aquella satisfacción ; al instante siguiente ya era consciente de mi metedura de pata. Un poco después nos sentamos cada cual en su mesa. Ella sonriente y satisfecha, expectante por ver cómo continuaría la historia. Yo medio avergonzado, sabiendo que terminaría dándose cuenta del engaño, e imaginando el desenlace. Pero no todo estaba perdido.
Pensé que quizá el número en cuestión podría pasar desapercibido. Con hacerme el distraído bastaría. Sólo miraría directamente a las personas que me tocara atender, sin fijarme en nadie más, y tal vez la mujer con el número 23 entrara y saliera sin que mi compañera ni yo mismo nos diéramos cuenta. Sólo quedaba cruzar los dedos y que el 23 no me tocara a mí. Ni a ella. Y que dentro de lo que cabe la mujer que llevara ese número se ajustara un poco a la chica inventada, al menos en edad y carácter. En menudo jardín me había metido yo solo...
Cada dos o tres números mi amiga alzaba su mirada hacia mí, radiante. Aunque parezca increíble, me contagió su ilusión y comenzé a creerme mi propia mentira. Yo mismo deseaba que apareciera la chica del número 23. Y a la vez deseaba que no apareciera nadie. De no venir la mujer que pidió la cita tendría una salida digna a aquella historia, pondría cara de circunstancias y le diría a mi amiga que al final prefirió no entrar y dar por zanjada la charla. Un desenlace triste, pero real.
Llegó el momento. Las nueve y cuarenta y cinco. Había terminado con el F21 y un compañero en la mesa de al lado llamaba por segunda vez al F22. A uno de nosotros dos nos tocaría el siguiente. Para mi desánimo mi amiga estaba pendiente, incitándome con las cejas alzadas y gestos de prisa para que nadie me arrebatara aquel número. "Hace falta ser imbécil para verse en esta situación", pensé. Tecleé 61A NEXT --> F23. La suerte estaba echada.
Noté los latidos de mi corazón en la garganta, pendiente de todas las mujeres que aguardaban su turno. No respiré hasta que no la vi acercarse. Los astros estaban de mi lado. La dueña del número 23 era una muchacha morena, de aspecto desenfadado, que rondaría los treinta años. Perfecto, sonreí aliviado. Ella también sonrió mientras se sentaba, supongo que extrañada por un recibimiento tan jovial, no muy común entre los funcionarios.
Como mi amiga estaba sentada en la parte opuesta de la oficina, frente a mi mesa, le sería imposible escuchar lo que hablábamos, y tampoco podía ver la cara de ella, sólo la mía charlando alegremente. Dentro de lo que te permite una charla cuyo objeto es el subsidio por cotización insuficiente para prestación. Lo que importa es que eso me daba carta blanca para inventarme cualquier historia sobre lo que habíamos estado hablando, aunque no tendría mucho tiempo. Vendría enseguida nada más dejar de atender para preguntarme en qué habíamos quedado.
Me había relajado tanto tras la tensión anterior que me sentía con la cabeza en las nubes, dichoso y ajeno a cualquier contratiempo.
Recogida la solicitud y los documentos me di cuenta de que mi amiga no estaba en su mesa. Miré alrededor en su busca y la vi hablando con otra compañera, ambas de pie junto a una mesa que quedaba a mi derecha, mirando en mi dirección. O más bien en la dirección de la chica a la que atendía. Me sentí avergonzado, no me hacía falta oírlas para saber de qué estaban hablando. Y con tan poca distancia ya no me quedaba margen para inventar nada. Por nuestra actitud y nuestros gestos se veía que no estábamos manteniendo ninguna charla interesante, más allá de la rutina diaria. O me lanzaba o me pillaban....
- "¿Te puedo pedir un favor?" - Le pregunté a la chica de carne y hueso a la que estaba a punto de hacer partícipe de mi secreto.- "Te prometo que no estoy tan loco como te va a parecer cuando te lo cuente"....
No quise darme por vencido. Y de repente me ví a mí mismo contándole la conversación que supuestamente habíamos mantenido un rato antes. Le expliqué que pretendía animar a mi compañera contándole algo bonito, así fue como le conté la charla inventada sobre la confianza, su confianza en mí, su pregunta de si yo confiaba en ella, mi incapacidad para darle una respuesta sincera... Y todo ello para hacerle ver que en el momento más inesperado podía suceder algo que te alegrara la vida.
Miró hacia mis dos compañeras, que no le quitaban la vista de encima, aquello sirvió para corroborar que no mentía. Por extraño que parezca, todo era verdad. Habíamos generado una química especial, ella no había dejado de sonreír durante toda la historia, afirmando a cada frase inventada que habría dicho lo mismo, y visto desde fuera cualquiera se habría creído que un rato antes habíamos mantenido esa misma charla de verdad. Incluso yo mismo, aunque suene a chiste, había materializado esa charla ficticia en mi cabeza y me sentía con confianza para decirle cualquier cosa, creo que nunca he hablado con nadie teniendo tantas ideas queriendo salir de mi cabeza.
Cuando se puso de pie y se acercó hacia mí para decirme algo yo ya veía venir el desenlace, y quería y no quería, pues desde hace mucho tiempo me asusta volar. Pero como ella misma había dicho un rato antes en mi imaginación los momentos no se eligen, se aprovechan.
- "Y ahora...", - me preguntó-, "¿quieres confiar en mí?"
26 de julio de 2009
La última noche de la libélula

Sí, amanece como cualquier otro día, el mundo parece que sigue siendo el mismo para todos los que lo habitamos, sin embargo no existe ya el tiempo para ella, se acabaron las horas de su vida.
Debe ser fugaz la existencia de una libélula, no tan breve como un relámpago, pero imagino que casi igual de intensa que su luz. No, no es una metáfora, o no lo pretendo al menos. No es casual que piense en los relámpagos cuando pienso en ella, en la última noche de esta libélula de la que os voy a hablar.
Y no porque hubiera tormenta, claro, al contrario, esta noche pasada en que se despidió agosto ha sido muy calurosa. Sino porque su última luz prendió en mí una chispa fulgurante que iluminó mi conciencia dormida un instante, y sólo al despertar escuché el atronador estruendo que todo rayo conlleva, aun pese a tratarse de un trueno silencioso y emocional que me hizo recordar la luz del rayo soñado.
Tal vez no resulte fácil de entender ahora, comprendereís ésto más tarde, cuando lo repita al final de esta historia que quiero dejar por escrito, para en cierta medida dar sentido a ese último fulgor de la libélula que, anoche, quiso compartir su última noche conmigo.
Hasta ayer mismo ignoraba cualquier cosa sobre las libélulas, salvo que son insectos que vuelan, e incluso siempre les había tenido algo de miedo, aunque lo cierto es que no conozco a nadie que alguna vez haya sido dañado por ellas, no debemos gustarle mucho los humanos, a mí desde luego ellas tampoco me han gustado, siempre he sentido una obvia aversión hacia los insectos en general, y digo aversión por no decir repugnancia; sus grandes ojos, el abdomen alargado, el cuerpo frágil, su vuelo frenético y constante, casi violento..., sé que hay a quienes les resultan fascinantes, y las consideran incluso bellas: no es mi caso, me parecen lo opuesto a la belleza, nunca he conseguido entender el encanto que pueda suscitar un animal que se alimenta de moscas, mosquitos y polillas.
Es curioso que hasta hace unos días no tuviera una conciencia clara de lo que es una libélula. Pero bueno, ellas mismas tampoco deben tenerla, salvo en ese último segundo, o en el segundo siguiente al último, cuando ya dejan de ser; en ese instante final en el que la conciencia de haber sido no tiene retorno, su naturaleza les confiere una lucidez casi humana.
No se sabe que nunca nadie lo haya investigado, y si alguna vez alguien lo supo no quiso compartirlo, desde luego ése no va a ser mi caso. Yo he sido testigo de la última noche de una libélula que quiso dejar de existir a mi lado. Estaba dormido, es cierto, o tal vez precisamente por ello. No puedo asegurarlo, no puedo describirlo, pero puedo saberlo, es uno de estos secretos universales que se te quedan en la piel cuando al fin logras descubrirlos, da igual que a veces sea el azar el que los pone al descubierto, yo en este caso no creo que haya sido una cuestión fortuita del destino... Que nadie espere de mí una explicación científica, o se llegue a sentir engañado por la ausencia de tales explicaciones. Yo sólo puedo relatar un hecho, las razones por las que yo lo conociera me son desconocidas. Quizás las coordenadas del espacio y el tiempo en el sueño humano coincidan en alguna dimensión emocional, o psíquica, con las coordenadas de las libélulas en ese último instante de clarividencia, y de alguna manera al haber compartido ambos cuerpos, el suyo y el mío, una coordenada exacta en una misma dimensión, su recuerdo, o el recuerdo de lo vivido por ella, quedó en mí pese a que ella dejara de existir. No es una explicación convincente, intento explicármelo a mí mismo y no lo consigo, no pretendo convencer a nadie, simplemente voy a relatarlo, como digo. Es posible que alguien lea esto y conozca de alguna razón que explique cómo pudo ocurrir.
Durante los momentos previos a ese último destello de lucidez, gozan, al igual que todos los seres y las cosas de nuestra dimensión, de una especial intuición que les hace ver más allá, algo así como una comprensión global del mundo en que vivimos, de nuestro mundo y de nuestra vida, de una continuidad de vida que no termina en el punto final de su vida, de la pertenencia al sistema ordenado y lógico que los humanos llamamos naturaleza.
No es una resignación a la inexistencia, a nadie se le ocurriría decir que las libélulas se resignan, aceptan la idea de no ser, o que las libélulas o los humanos o los seres o las cosas que conocemos aceptan plácidamente el final de su existencia, bueno, en el caso de los humanos sí habrá muchos con tal ocurrencia... pertenecemos a un género con individuos capaces de todo. Pero yo quería decir todo lo contrario, no es una entrega, o renuncia, voluntaria de sí mismas, no es tolerancia o conformidad con lo que les venga, sino reconocimiento y preparación hacia donde van. De ahí que lo considere una lucidez casi humana, algunos pueden llamarlo intuición, percepción, presentimiento, otros discernimiento, comprensión, entendimiento...el nombre de las cosas no altera lo que las cosas son, puro formalismo nominal, creo que queda claro lo que intento explicar. Es como si ellas mismas se lanzaran a una vida mayor y más compleja para la que ya están preparadas, en la cual se colocan como una pieza diminuta en un puzzle inabarcable e inacabable, pues siempre está creciendo.
Pero como estoy diciendo, esa sabiduría natural sólo se obtiene en el instante final, en el instante siguiente al final, para cuyo momento las libélulas intuitivamente se preparan durante los momentos previos. No sé si realmente ello es una especialidad de las libélulas, puede que no lo sea, desconozco por motivos evidentes si algo parecido nos ocurre a los humanos. Quizá alguien lo haya sabido de alguna forma similar a la mía, yo lo supe porque dormía cuando esta libélula de la que hablo terminó su vida en mi cama, y compartimos ese preciso instante de iluminación, ese resplandor fugaz, éste sí más breve incluso que un relámpago. No habría tenido más importancia que la que tienen los sueños, y habría sido apenas un recuerdo vagando por mi inconsciente, si no hubiera encontrado esta mañana al despertar su pequeño cuerpo inerte sobre mis sábanas. No fui consciente de ese lúcido destello dado que soñaba, pero ver su cuerpo ha sido para mí como el trueno que da presencia al rayo cuando el rayo ya ha pasado.
Sé que me repito, supongo que no tengo las ideas muy claras y me vienen a la cabeza desordenadas cuando intento ponerlas por escrito. Es como si todo lo que vió, lo que sintió, lo que supo durante aquellos últimos momentos, pasara a formar parte de mi propia experiencia; sí, suena raro, incluso para mí mismo mientras lo estoy escribiendo, decir que en mi sueño percibí todo lo que ella vivió, pero es exactamente lo que ocurrió. Y creo que ella quiso que así fuera.
Al principio no me percaté de su presencia, aun no debía ser muy tarde, yo leía en mi cuarto terminando el penúltimo relato de un libro de narraciones breves, bueno, de hecho el relato en sí ya lo había terminado y estaba releyendo de nuevo algunas de sus páginas, tenía la tele encendida, no veía nada especial, si es que puede verse algo especial en televisión durante estos días de verano, aparte de algún que otro anuncio interesante, que ni siquiera llama la atención entre la masiva concurrencia publicitaria. Decidí apagarla y encender la radio, me gusta dormirme escuchando canciones, y desde luego son mucho más reconfortantes. Mas no tenía sueño aún.
Justo en ese momento, al dar por concluida mi lectura e ir a apagar la lámpara de pie bajo cuya luz leía, me llevé un pequeño susto por la presencia de la libélula alrededor de la bombilla. En la tranquilidad nocturna de mi habitación supuso un leve sobresalto su vuelo nervioso y recién descubierto. Y ya dije antes que siempre me han dado algo de miedo. Tal vez por la lectura hasta ese momento me había pasado desapercibida, hay tantas cosas a nuestro alrededor de la que no nos damos cuenta por estar entretenidos en otras, pequeños milagros cotidianos que se nos escapan precisamente por esa cotidianeidad, lo que nos resulta habitual nunca llama nuestra atención.
Es aquí donde comienza esta doble dimensión en la que viví, y de la que no he sido consciente sino hasta esta mañana. Porque en mi recuerdo está lo que yo viví y lo que fue vivido por ella desde este instante.
Como casi todo lo que suena complicado al intentar definirse o ser explicado, ésto se entiende bastante bien con ejemplos concretos. Así yo recuerdo perfectamente a la libélula bajo la tulipa de mi lámpara, y a la vez conozco el calor de la bombilla sobre su piel. Incluso puedo sentir ese calor en mí mismo si cierro los ojos y me concentro en ese lapso de tiempo. Noto cómo va entrando en mí una atracción casi suicida ante un precipicio de fuego, un volcán inverso de calor cuya lava es luz hacia abajo, y sin embargo es placentero estar ahí, un instante detenido en el vacío del abismo, atado al mundo por la invisible fuerza de esa protección solar, sin caer, casi sin existir, ajeno a cualquier otra cosa distinta del ardor que me absorbe, la atmósfera expansiva y sofocante en la que penetro, en la que me fundo, para que todo forme parte, yo incluido, de un mismo fuego.
Imagináos a plena luz del día desnudos bajo un sol radiante, y sentid cómo se va acercando a vuestros cuerpos hasta casi abrasaros, una caricia cada vez más ardiente y dolorosa, que a un mismo tiempo os estampa contra el suelo y os eleva hacia el calor de este volcán inverso al que me refiero, y en su lava permanecemos quietos, casi sumergidos en un océano de fuego. Así me estoy sintiendo ahora, ésa es la sensación que tengo en mi interior, sin haberla experimentado en mi propio cuerpo.
Espero que tras el ejemplo tengáis una idea más clara de lo que intento precisar. Al apagar la lámpara de pie, la libélula inició un vuelo aun más agitado e inquieto, y algo torpe, por toda la habitación, y ahora lo comprendo perfectamente, pues la arranqué con brusquedad de ese precipicio de luz en el que ella estaba, que de forma violenta se tornó en oscuridad. Si teneís aún en vuestra mente la sensación imaginada ahora mismo de caricia solar, pensad que de repente llega una noche inesperada, y caéis en un agujero negro todo gélido y sombrío. Incluso a mí mismo me duele como un escalofrío en el alma.
Soy algo exagerado, es cierto. De todas formas la luz se hizo, de nuevo. No tardó más que unos pocos segundos en volver a instalarse en la lámpara del techo, definitivamente debe ser invencible la fuerza de esa atracción. La lámpara de mi cuarto es de cristal naranja oscuro e hierro forjado con forma de tulipán, redonda y casi cerrada salvo por una pequeña abertura abajo por la que sale un rayo de luz que ilumina la habitación. Huelga decir que por ahí entró ella a un nuevo paraíso de luz, cerrado, redondo, caliente y anaranjado, el colmo del placer para una libélula.
Con la impresión que me dio ver a la libélula olvidé encender la radio, y en su lugar encendí el ordenador. Es curiosa la forma de trabajar que a veces tiene nuestro cerebro. Cuando apagué la tele y puse el libro sobre la mesita, me levanté con la intención de encender la radio, sólo es pulsar un botón, y pulsé un botón, totalmente distinto pero botón al fin y al cabo, nadie podría decir que el mensaje de mi cerebro no se cumplió. A la orden de encender, encendí. No hay que ser muy exigentes con nosotros mismos, que el aparato encendido fuera distinto al pensado inicialmente tal vez sea pedir demasiado cuando uno empieza a sentirse cansado en una noche calurosa de agosto.
Las posibilidades de ocio nocturno de un ordenador con casi infinitas, aunque yo puede que sea algo convencional en este aspecto porque me decidí por charlar con algunos amigos antes de irme a dormir, y me desentendí mientras tanto de la libélula.
Antes de ello, probé a darle unos golpecitos al cristal de la lámpara por ver si salía, la ventana estaba abierta y yo esperaba que tarde o temprano se marchara. Si yo fuera un animal con alas no dudaría en pasar la noche fuera, bajo el cielo andaluz, libre y fresco, antes que encerrado tras un cristal. La alternativa ni siquiera se puede plantear, y sin embargo ahí estaba ella, haciéndome compañía.
Aunque ahora que lo pienso, lo cierto es que podríamos decir que somos animales libres, y aun así muchos preferimos quedarnos encerrados en nuestros refugios, entre máquinas y papeles, a salir al aire frío de la madrugada; curiosos seres, nosotros, los humanos. No debemos ser tan distintos libélulas y humanos.
El caso es que desistí de hacerla salir, y me senté como he dicho frente al ordenador. Total, conmigo estaría segura, no tenía ningún interes en tocarla o cazarla, desde luego no iba a matarla, e incluso si pudiera elegir habría preferido no verla.
Me había olvidado ya de ella, centrado en la charla con un par de amigos, cuando de repente la ví en la ventana, por un momento pensé que se alejaría y la perdería de vista, y en cierto modo la echaría de menos. Revoloteaba veloz fuera y dentro de la casa a través de la ventana abierta. No me extraña que necesitara tomar el fresco, cualquiera puede pensar que el calor de agosto sumado al de la bombilla derritiría a aquel pequeño cuerpo tan frágil, mas no, su presencia negaba las leyes físicas de nuestra lógica, más dentro que fuera de mi habitación, y viceversa.
Pese a que podría hacerlo, no quiero revivir la sensación de estar volando frente a mi ventana. Yo, como la mayoría de los humanos conocidos, no tengo posibilidad fisiológica de volar, parecería una marioneta, con cuerdas que me sostuvieran en lugar de alas. Más allá de éso, es mi miedo a las alturas el que me impide pensar en esa sensación, me produce un gran vértigo sentirme colgando en el aire. Sé que no es mi experiencia, no lo he vivido, pero pensar en ello es revivirlo con las percepciones que en ese momento vivió esta libélula. Y no quiero hacerlo. Pido disculpas. Quedaría muy romántico este relato si dijera que salgo volando por mi ventana para respirar el aire fresco de la noche, pero no sería real. Entre otras cosas porque el aire no era fresco, sino templado, pegajoso y húmedo, las libélulas deben ser de las pocas valientes que se atreven a volar en tales condiciones, y sobre todo porque conozco mis limitaciones, o algunas de ellas. La naturaleza es sabia y nosotros también tenemos nuestros límites, aunque en nuestra propia naturaleza está el obviarlos y no ser muy conscientes de ellos, algo esencial que nos ha permitido ir superando muchos de ellos.
Cuando se cansó de andar de un lado a otro, es un decir humano, claro, las libélulas no andan, se quedó entretenida entre las flores rojas de un geranio que hay en la ventana. Se podría decir que buscaba un descanso entre tanto vuelo, y mentiría quien lo dijera. Ni entonces se la veía relajada, todos sus gestos eran presurosos, ágiles y agitados; la placidez es un concepto que no existe en el mundo de las libélulas. Era bonito verla, la verdad. La tenue luz anaranjada que salía de mi cuarto daba a su cuerpo una tonalidad entre verdosa y azulada, como una flor diminuta y veloz en torno a las flores rojas del geranio.
No es una experiencia relajante presisamente, al contrario, verla tan sólo un par de minutos puede ser muy estresante. Pero no hay duda de que era una imagen, cuanto menos, bella. Es extraño, una libélula entre las flores no es algo que parezca singular, se puede considerar incluso común, y sin embargo yo nunca la había visto. O bien, si es que había podido ocurrir delante de mis ojos alguna vez, no me había detenido a verlo. Habrá muchas personas que entiendan bien lo que digo, de hecho creo que estoy insistiendo sobre la idea de la que hablaba antes al referirme a los milagros cotidianos a los que no damos importancia. Y éste es uno de ellos. Damos por hecho tantas cosas que ya ni nos percatamos de ellas cuando suceden a nuestro lado. Y hoy en día donde todo en nuestro mundo se mueve con prisa, es difícil tomarse un minuto en el camino para reparar en la belleza de cuanto nos rodea. Parece que siempre han estado ahí, y lo seguirán estando, ajenas a nuestras miradas.
Al menos ahora seguro que la próxima vez que veáis una libélula no os pasará desapercibida, espero.
Supongo, bueno, como humano conocedor de la experiencia de este animal debería decir que sé. Sé que estaba echando de menos ese calor intenso sobre su cuerpo, y ni que decir tiene que volvió a buscar cobijo en el interior de mi lámpara. Pero no estaba cómoda, salía y entraba y salía una y otra vez como hacía antes en la ventana. Me pregunté, entonces, pues ahora ya conozco la respuesta, si estaría más nerviosa de lo que es normal para una libélula. No es por el hecho de que se sintiera observada por mi mirada espectadora de sus gestos, vamos, lo pensé, y me habría gustado darle ese rasgo poético, pero no era éso, sino seguramente la proximidad del fin de su vida, la búsqueda del sitio adecuado donde dejarse salir del mundo, el propósito, si se puede llamar propósito a lo que aun no tiene una intención consciente, de hacerme partícipe de su última experiencia.
En cualquier caso, no se terminó de decidir por quedarse un rato en la lámpara, y no tardó en ponerse a revolotear alrededor de la pantalla del ordenador. Parecía que se había propuesto como objetivo el pasar del mundo real al mundo virtual, y de ahí esa insistencia en estrellarse contra la pantalla encendida. Si al menos hubiera tenido un fondo verde naturaleza o azul cielo lo habría comprendido, pero en ese momento no tenía más que ventanitas abiertas de fondo blanco que no debían tener el más mínimo atractivo para una libélula, a no ser que su única intención fuera llamar mi atención y desentenderme del ordenador, y en este caso hacía ya tiempo que lo había conseguido.
Estaba ya cansado de veras, aunque no exactamente con sueño, era mi cuerpo el que me pedía descanso, y apagué el ordenador casi sin tiempo para despedirme en las charlas que tenía abiertas. Tenía la necesidad de acostarme, pero sin embargo no de dormirme. No lo explico con claridad porque nunca hasta ahora me había ocurrido. Un descenso súbito de mis fuerzas, me sentí literalmente agotado, en justa correspondencia con el estado físico de la líbelula, cuyo cuerpo estaba a punto de extinguir su energía.
Mientras preparaba la cama para acostarme, mi mente seguía despierta y fresca, como si estuviera recién levantado, y sin embargo necesitaba estar tumbado y relajado, era una reacción física, sabía que no me iba a quedar dormido. No vi a la libélula durante los escasos minutos que tardé en desnudar mi cama de peluches, cojines y edredón, hasta que, acostado ya, me rozó la pierna derecha. Tal era mi cansancio que no pude ni alzar la cabeza para observarla, de todas formas no me habría hecho gracia verla sobre mi cama, pero a su vez me parecía un pequeño ser tan vulnerable que no intenté echarla, y tampoco lo habría conseguido de haberlo intentado. A lo largo de la noche la había visto tantas veces que me pareció natural que durmiera conmigo. Dado que no tenía sueño, encendí el flexo que tengo en una repisa que hay sobre mi cama, y seguí, o intenté seguir, con la lectura del libro de relatos, poco menos que por el compromiso de terminarlo antes de que el sueño se fuera apoderando de mí.
Como no podía ser de otra manera, su fijación obsesiva por la luz eléctrica hizo que iniciara su vuelo ya familiar casi encima de mi cabeza. No me podía concentrar en la lectura y no recuerdo si llegué a leer una sola página completa; me entretuve mirándola. Sonreía, yo, con una gran sonrisa hacia dentro de mí mismo. Me gustó la idea de dormir acompañado. Estoy dudando si entrecomillar esta última palabra, en estas ocasiones la idea primera suele ser la más inspirada y voy a decidir no hacerlo. A estas alturas puedo decir sin duda que me acompañó, y si llegados a este punto alguien cree que no es compañía la de un animal inconsciente, un insecto sin voluntad ni sentimientos, triste del que así piense tras haber leído todo ésto sin alcanzar a comprender nada. Me gustó la idea, insisto.
Poco después, no puedo precisar el tiempo, abandonada la idea de terminar el libro y ya sí dispuesto a dormir, apagué la luz y el cuarto quedó a oscuras. Recuerdo que uno de mis últimos pensamientos fue el deseo de felices sueños hacia la libélula. Ya no podía verla, ya no podría verla, estaría al fin ella también descansando, imaginé. Era alentador saber que estaba por ahí, en algún lugar de mi habitación. Un pensamiento reconfortante y agradable mientras me rendía al profundo sopor previo al sueño.
Ese último pensamiento lúcido fue el relámpago del que hablaba antes, sentí su luz, dormí en su luz, soñé su luz, aunque no oí el estruendo del trueno sino al despertar, un estruendo emocional, no sonoro. Un trueno inapreciable y pequeño como el cuerpo muerto de la líbelula, mas del todo irremediable, tan rotundo que ha dado presencia en mi memoria al rayo lejano de energía caído en el abismo de mi inconsciente.
Sí, he vivido durante un instante en un rayo de luz, he sido leve y fugaz en su relámpago, y contundente y pesado en su trueno. He sido testigo humano del tránsito de la vida a la muerte de una libélula, y carecerá de cualquier valor biológico, pero tuvo, al menos en mí, un gran valor espiritual.
Soy consciente ahora de pertenecer a algo más grande, natural y vivo, donde yo soy imprescindible pese a saberme transitorio.
Somos parte de un fluir de energía vital que va y viene abriendo más ancho nuestro mundo. Existe esa energía de una forma tan física y palpable como nuestra propia existencia. Formamos parte de esa energía, humanos, libélulas, y cuantos seres y cosas damos vueltas en nuestro universo.
La libélula fue consciente de ello en los últimos instantes de su vida, tal vez los humanos también lo seamos en su momento, en ese momento posterior al último, que indica que no hay un último momento, pues todo sigue fluyendo.
Ese fue su propósito (intención o intuición, no sé). La preparación del final de su vida, este lugar, esa hora, mi compañía, todo confluyó para hacerme partícipe de ese último instante de lucidez, y esa luz quedó en mí, quedará en mí, tras compartirla conmigo a fin de recordarla y ponerla por escrito, para a su vez yo mismo compartirla con quienes quieran sentir este planeta como propio, tal y como yo, gracias a ella, lo siento mío.
28 de febrero de 2009
Edelweiss

Empezó a notar que le faltaba la respiración cuando sus bocanadas en busca de aire se hicieron cada vez más veloces, casi jadeando con el corazón en la boca. Comenzaron a flaquearle las fuerzas y tuvo que pararse. Súbitamente la montaña desapareció y todo alrededor se hizo verde, menos el tronco robusto del árbol sobre el que se apoyó, resoplando.
Un ombú de raíces vigorosas que sobresalían del suelo. Nada más quedarse en cuclillas, sin llegar a estar sentado, con su espalda pegada al tronco macizo y ambas manos asentadas sobre las raíces, como si tuviera que guardar un equilibrio inverso apoyándose desde abajo, la vio.
Estaba a unos pocos metros, sobresalía de entre las piedras de la montaña por la que estaba subiendo, a la misma altura de sus ojos, y era tan hermosa como siempre había imaginado. Sintió que algo no iba bien, pero pensó que debía ser por estar exhausto, tal vez la fatiga impedía que sus ideas fueran nítidas, y por ello su mente no dudó un solo segundo de la realidad que vivía en ese momento, pese a que era imposible que aquella flor existiera junto a un árbol que sólo crece en climas suaves y cálidos; percibió la contradicción sin reparar en ella, asumiéndola en ese ambiente con naturalidad.
Quiso acercarse y de repente se notó ligero como si pudiera volar unos metros hasta alcanzar el lugar donde se encontraba. No tuvo conciencia de haber andado cuando ya estaba junto a ella y alzó su mano derecha para acariciarla en vano. Su intento de caricia quedó frustrado porque la flor se desplazó unos metros hacia arriba. No era posible, pero estaba sucediendo ante su propia mirada. Sólo cuando la tuvo en frente por segunda vez pudo contemplar que en verdad no era una sola flor de pétalos blancos, sino diminutas flores todas juntas de tonalidades doradas con infinitos matices. Elevó el brazo en su dirección y de nuevo la flor volvió a alejarse.
Todo lo demás había dejado de merecer su atención, absorto en la presencia real de edelweiss. Era mucho más que una flor, era tener ante sí la materialización de un ideal de belleza que siempre había imaginado inalcanzable. La recompensa final a su falta de conformismo con su realidad cotidiana. Era mucho más que una flor, sí. Al fin merecía la pena no haberse resignado a vivir los mismos sueños de los demás. Es cierto que para todos los demás resultaría extraño, pero es más cierto aún que nadie salvo uno mismo puede valorar la importancia de un sueño propio.
Y casi tuvo ese sueño entre las manos de no haber sido porque cada vez que se acercaba, la flor volvía a alejarse un poco más. No volvió a notar el cansancio de su cuerpo hasta llegar a la cima, cuando la flor de edelweiss se esfumó y ya fue consciente de que nunca la tendría. En ese momento sintió que se le venía encima todo el peso del mundo y cayó sobre sí mismo, extenuado y sin respiración. Despertó en ese preciso instante, algo turbado. No había sido más que un sueño.
Sin embargo, completamente despierto bastante antes de la hora a la que debía levantarse, sentado sobre la cama después de apagar la alarma del despertador para que ya no sonara, sonreía radiante. Satisfecho, se levantó de un salto y corrió silencioso a la cocina, a fin de comprobar en el almanaque que colgaba de la pared que efectivamente, tal y como había supuesto, acababa de entrar la luna llena. Desde siempre, una vez al mes, la primera noche de luna llena, tenía algún sueño revelador en algún aspecto de su vida. Es posible que su cuerpo físicamente no hubiera estado junto a edelweiss, tal vez no lo estara nunca, pero en algún lugar de su inconsciente había tenido una corporeidad real, aunque no fuera más que con la forma de un sueño que existía dentro de sí mismo, y esa idea le bastaba. Estaba convencido de la realidad soñada: soñaba, luego existía.
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